Hojas de palma

CHLOE ALQUITRAN  |  15 DE AGOSTO 2020 |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº11

Amanecer en Bolinao, Filipinas, un recordatorio de que siempre queda el mañana y que hay tiempo para cambiar. Imagen de la autora.

Todos los años mi familia y yo viajamos a Filipinas en Semana Santa. En cada visita recibo un ramo de hojas de palma secas que me acompañan en mis viajes anuales por la nación archipelágica que he aprendido a considerar mi hogar.

 

Nací y crecí en un lugar que muchos considerarían uno de los mejores sitios del mundo. La ciudad cosmopolita de Hong Kong alardea de su puerto luminoso que refleja los cientos de rascacielos que salpican la diminuta metrópolis. Los famosos costes de vida elevadísimos palidecen frente a las oportunidades infinitas para el emprendimiento, la filantropía, la universidad y mucho más. Hong Kong inspira sueños y los catapulta hasta el cielo, haciendo realidad las fantasías. No cabe duda de que esta es la ciudad donde puedes hacer que tus sueños se cumplan.

 

Soy afortunada por poder considerar este lugar como mi hogar de nacimiento. Pero, ¿qué significa eso para inmigrantes como yo? Mi padre migró a Hong Kong en 1992, cuando la pintoresca Ciudad Amurallada de Kowloon aún se mantenía en pie, erguida sobre los miles de viajeros que querían ver este microcosmos vertiginoso. Mi madre inmigró unos años más tarde para trabajar como empleada doméstica, entusiasmada por formar parte de un mundo nuevo. Se conocieron, se enamoraron y se instalaron en un barrio tranquilo con vistas al skyline que se iluminaba como fuegos artificiales cuando el sol descendía en el horizonte, daba la bienvenida a las estrellas y despertaba a los letreros luminosos. Estaban inmensamente felices empezando una nueva vida aquí. Cuando nací, mis padres prioridad se aseguraron de que yo pudiera integrarme en la cultura local sin problemas. Creían que ellos no estaban capacitados para enseñarme cantonés ni orientarme en la escuela dado que el inglés no era su lengua materna.

 

Eso implicaba que yo tenía que arreglármelas sola.

 

Durante mi infancia, mis padres acumularon una colección de hojas de palma secas. En Filipinas, estas hojas tienen un significado especial, ligado a la cultura católica romana. Desde tiempos remotos, las hojas de palma han simbolizado la “victoria con integridad”. Los griegos concedían tradicionalmente estas hojas a los atletas ganadores en las Olimpiadas. En mi familia, estas hojas estaban reservadas para los niños de la casa que se preparaban para su primer día de colegio. Creíamos que meter una hojita de palma dentro de los libros de texto nos traería grandes éxitos académicos y profesionales. También es una forma de recordar que la educación no es una competición, sino un proceso de crecimiento y desarrollo personal. La idea de que comprender y aprender sobre uno mismo es la meta definitiva en la vida es una creencia común en Filipinas. Mis padres me legaron sus hojas de palma mientras me explicaban que la vida sería injusta, especialmente por nuestra condición de inmigrantes. Las palabras de mi padre resuenan en mi cabeza: “Victoria con integridad”.

 

Mi experiencia como estudiante de una escuela local en Hong Kong fue sin duda difícil. Pasé dos años de preescolar en Manila, donde aprendí a leer, socializar y actuar en un escenario, interpretando El Rey León de Disney donde yo hacía de mono y me subía a árboles falsos. Adoraba el sistema educativo filipino porque da prioridad a la autorreflexión y la imaginación, elementos que no se valoran mucho en Hong Kong. Migrar de Filipinas a Hong Kong fue desalentador, porque no esperaba tener que despedirme de mi espíritu libre y mi creatividad.

 

De vuelta en Hong Kong, el mundo exterior dejó de ser parte de la escuela. En lugar de eso, me metieron a presión en una caja diminuta en la que se mantiene la cultura de tragar acríticamente los conocimientos. El sistema educativo de Hong Kong es conocido por ser la fábrica que produce algunos de los mejores académicos del mundo. Con todo lo orgullosos que estamos de este hecho, mirando la lista de talentos los inmigrantes de Hong Kong nos hacemos una pregunta: ¿cuál es nuestro lugar en esta lista?

 

La lucha por la igualdad educativa entre estudiantes locales e inmigrantes y por la representación académica ha sido una y otra vez una cuestión de primer orden. Es algo que defenderé siempre. A lo largo de los años, nos recuerdan la importancia de integrarnos en la cultura local y nos aconsejan ser brillantes en lengua china, pero ¿cómo podemos conseguir la fluidez en un idioma si nuestro gobierno no ha creado una estructura educativa universal para los estudiantes inmigrantes? ¿Cómo van a enseñarnos nuestros maestros si no tienen pautas? Algunas escuelas tienen la suerte de contar con educadores apasionados por su trabajo que se preocupan e involucran en las comunidades marginadas, pero ¿qué ocurre con los estudiantes desafortunados cuyos profesores no sienten la motivación necesaria para llegar a otras comunidades?

 

En un mundo perfecto, nuestros problemas serían escuchados y se solucionarían. La belleza de la inmigración, pienso, está en nuestra perseverancia para demostrar que nos merecemos ser tratados como iguales en el lugar que consideramos nuestro segundo hogar. Nuestra fortaleza reside en nuestra identidad cultural, en mantener y celebrar los rasgos tradicionales que traemos a nuestro nuevo hogar. Aunque todavía hay que reformar nuestro defectuoso sistema educativo que ignora a los estudiantes inmigrantes y la cobertura mediática negativa sigue etiquetando a los niños inmigrantes como “rebeldes”, yo veo en ellos a individuos seguros de sí mismos, plenamente volcados en introducir la igualdad en el sistema educativo de la ciudad para las futuras familias inmigrantes de este mundo globalizado. Este proceso de aprender sobre uno mismo y salir adelante con elegancia en situaciones difíciles es la esencia de la identidad filipina.

 

Nuestras diferencias culturales como inmigrantes son lo que nos ha dado consuelo mientras afrontamos el desafío de estudiar duro para mantenernos al nivel de la comunidad local. “Forzar la asimilación nos arrebata la riqueza cultural y nos deja un vacío”, en palabras de Amira Bashbishi. Celebrar nuestras culturas, conservar pequeños objetos importantes para nosotros o cantar canciones de nuestra tierra es lo que nos mantiene vivos. Mis padres consiguieron salir adelante sin saber ni una palabra de inglés ni de cantonés. Mis amigos han salido adelante y yo sé que he salido adelante porque asomando por las esquinas de mis libros de texto están las hojas de palma que me pinchan los dedos cuando levanto los libros. Esta sensación, aunque molesta, me recuerda cuál es mi hogar y quién soy de verdad. La lucha continúa, pero el valor renovado y el deseo de cambiar las cosas es ya una victoria en sí misma.

 

Estas hojas de palma son algo que legaré a mis hermanos pequeños algún día para recordarles la importancia perseverar en la victoria, con integridad.

Chloe Alquitran

Chloe nació en Hong Kong y se ha instalado permanentemente en la ciudad después de vivir un tiempo en Filipinas, su origen étnico. Obtuvo recientemente un Grado Asociado en Lengua y Literatura Inglesas y pronto continuará su educación en Periodismo Internacional, centrándose en asuntos filipinos como educación, sanidad y el fenómeno de los Trabajadores Filipinos en el Extranjero (OFW) que ha llevado al desarrollo de la diáspora filipina. Aceptar su identidad y sus raíces culturales es lo que la ha inspirado a hacer de la escritura su profesión. Espera servir como altavoz para los filipinos de todo el mundo y arrojar luz sobre cuestiones importantes en el país para conseguir cambios. En la actualidad es becaria de Africa Center Hong Kong, donde trabaja como editora jefa de Amplify Africa, una revista dedicada a elevar las voces de personas africanas marginadas en toda Asia.

Puedes ponerte en contacto con Chloe a través de: chloe.alquitran11@gmail.com o LinkedIn (Chloe Alquitran).

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