Crisis globales y futuros migrantes (Una mirada histórica)

JOHN STAROSTA GALANTE  |  20 DE JUNIO 2020  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS  |  ROUTED Nº10

Bollettino ufficiale della Croce Rossa Italiana (São Paulo), marzo de 1917.

Todos los historiadores estudian los cambios a lo largo del tiempo. Sin embargo, debaten sobre cómo y por qué ocurren los cambios. Una clase de debates tratan de si el cambio ocurre incrementalmente, a lo largo de largos periodos, o en estallidos revolucionarios. Muy a menudo es alguna combinación de ambos, pero, ¿cuál combinación, y qué importancia tiene eso?

 

En el campo de la historia de las migraciones, este debate es tremendamente común. Por ejemplo, ¿alcanza la inclusión política una comunidad migrante (o étnica) a través de procesos prolongados de influencia expansiva en áreas económicas, sociales y culturales que afectan a la política? ¿O se logra la inclusión simplemente a través de la ciudadanía o de la elección de un miembro de esa comunidad para un cargo político? Si ambos supuestos son ciertos, ¿cómo se relacionan entre sí los procesos incrementales y los hitos?

Yo estudio l​as crisis globales y las comunidades migrantes, en la actualidad a través de un proyecto que examina los impactos de la I Guerra Mundial y la pandemia de gripe de 1918-1919 en las comunidades italianas en América del Sur. Mi conclusión es que los periodos de crisis pueden acelerar el cambio, transformando procesos incrementales en revolucionarios. Las crisis pueden apresurar la reestructuración de países y comunidades de origen de los migrantes, la reorientación de países y comunidades receptoras, y la reconfiguración de las redes transfronterizas entre lugares y personas.

Entonces, ¿cómo podría una crisis global que limita severamente la movilidad (como la que ha provocado el COVID-19) afectar a una comunidad compuesta por inmigrantes y sus descendientes? No podemos predecir el futuro. Pero podemos mirar al pasado para plantear hipótesis sobre cómo el futuro podrá desarrollarse.

 

En la década de 1910 había alrededor de 2,5 millones de italianos viviendo en Argentina, Brasil y Uruguay, según los datos del gobierno italiano. Las mayores concentraciones de inmigrantes y descendientes de inmigrantes nacidos en Sudamérica estaban en las áreas metropolitanas de Buenos Aires, São Paulo, y Montevideo. En 1870 empezaron los flujos migratorios amplios, que se movían en ambas direcciones a través del Atlántico. Al inicio de la Primera Guerra Mundial, estos italianos incluían desde recién llegados indigentes hasta familias con raíces firmemente asentadas en Sudamérica (que sin embargo mantenían conexiones con sus lugares de origen).

 

El peso demográfico de estas comunidades era parecido al de hoy de los argelinos en Francia, los indios en Emiratos Árabes Unidos, los malayos en Singapur y los mexicanos en Estados Unidos. Las redes transnacionales en los que estaban situados eran igual de robustas. Personas, correspondencia, dinero, bienes, ideas y otros objetos circulaban y trascendían las fronteras, tanto entonces como ahora, aunque fuese a un ritmo más lento.

 

A partir de 1915, cuando Italia entró en la guerra, las migraciones trasatlánticas prácticamente se detuvieron. Las restricciones a la emigración en Italia, la crisis económica en Sudamérica, la guerra submarina en el Atlántico, la reducción del tráfico de buques de vapor y las preocupaciones por el contagio del virus estaban entre las razones. El gobierno italiano informó de unas 250.000 salidas hacia Argentina, Brasil y Uruguay entre 1912 y 1914, aproximadamente unas 83.000 al año. Entre 1915 y 1918, solo se marcharon 15.000 personas, unas 3.750 anualmente, una reducción del 95% [1]. Los porcentajes de repatriación, después de una fuerte subida en 1914, también cayeron precipitadamente, pero hacia el final de la guerra y la pandemia había una migración neta positiva hacia Italia. Las restricciones a la movilidad física entre los países de origen y los de residencia como resultado de la crisis global tuvieron un impacto prominente sobre las redes transfronterizas construidas a lo largo de décadas de migración a gran escala.

 

A pesar del desplome de los flujos migratorios, las conexiones permanecieron, e incluso se intensificaron, durante las crisis. Los periódicos de habla italiana en Sudamérica rebosaban de noticias de Italia, desplazando las cuestiones locales. Las organizaciones de ayuda mutua en los enclaves italianos recaudaban fondos para apoyar las iniciativas de ayuda en Italia. Los inmigrantes y sus hijos usaban las redes de remesas para comprar bonos italianos de guerra y de recuperación. Las unidades de la Cruz Roja italianas en Buenos Aires, Montevideo y São Paulo recogían ropa, comida y otros materiales para enviarlos al otro lado del Atlántico. Incluso los sindicatos, muchos de ellos virulentamente opuestos a la guerra, prestaban atención a las batallas políticas e ideológicas en Italia. La guerra y la epidemia de gripe acercaron a los italianos a su país y a sus comunidades de origen y prolongaron el uso generalizado de los intercambios transfronterizos durante las crisis, a pesar de las restricciones a la migración.

 

Sin embargo, la guerra y la gripe acentuaron los elementos de diferencia y distancia entre los italianos en Italia y en Sudamérica. Estas crisis reforzaron fronteras que no reabrieron inmediatamente cuando acabó el enfrentamiento y mejoró la salud pública. Las limitaciones prolongadas a la movilidad física hicieron que un vecino, un barrio, un trabajo, un sindicato, una familia, una iglesia, un partido político o un gobierno en el lugar de residencia acabaran importando más que los del lugar de origen. En los años veinte, el aislacionismo de entreguerras se metamorfoseó en un nacionalismo que alentaba a los inmigrantes y a sus descendientes a primar una lealtad sobre la otra, lo que en la mayoría de los casos llevó a una identificación más cercana a los países de residencia. Los flujos migratorios se reanudarían, pero la ciudadanía y el estatus de residencia serían más críticos que antes.

 

Los italianos de Buenos Aires, Montevideo y São Paulo siempre habían estado en proceso de “convertirse en americanos” cuando residían en aquellos lugares, pero los conflictos y las cuarentenas del periodo 1915-1919 aceleraron la creación de comunidades italoargentinas, italobrasileñas e italouruguayas a partir de las que antes eran italianas [2]. Estos procesos prolongados de cambio se aceleraron con la crisis; el cambio incremental pasó a ser revolucionario. 

 

Con el virus del COVID-19 extendiéndose alrededor del mundo en 2020, han surgido paralelismos. Los flujos migratorios a gran escala se han detenido abruptamente. Algunos migrantes – entre ellos, venezolanosetíopes e indios – están invirtiendo las tendencias migratorias y regresando a casa. Muchos otros están reforzando las conexiones con los lugares de origen, a través del consumo mediático, la correspondencia y la solidaridad a través de las fronteras. Es probable que haya también flujos de dinero a través para las redes existentes para apoyar las economías de las familias transnacionales, negocios y comunidades, aunque aún no disponemos de información detallada. En suma, las redes transnacionales edificadas a partir de los flujos migratorios a gran escala se están haciendo más densas en algunos aspectos, incluso con las restricciones a la movilidad.

 

Las repercusiones a largo plazo de la crisis del COVID-19 (en especial las económicas, sociales y probablemente políticas) siguen siendo una incógnita. Pero si la historia puede servirnos como guía, es probable que un periodo extenso de movilidad limitada tenga un impacto considerable sobre los migrantes, las comunidades étnicas y sus redes transnacionales. Los inmigrantes y sus descendientes podrían volverse más hacia los países de residencia para buscar oportunidades económicas, expresiones culturales, activismo social e inclusión política. El desarrollo de identidades híbridas y compuestas podría avanzar más rápido conforme los países y las comunidades de residencia se vuelven más indispensables que los lugares de origen. Y el aislacionismo pueden engendrar nuevas formas de nacionalismo que impliquen una mayor inclusión de los migrantes y sus descendientes (que están aquí para quedarse).

 

Todos estos procesos están ya en marcha en países, como Australia, Alemania y Sudáfrica, que son receptores de millones de inmigrantes. Estos procesos no suelen ser lineales ni apacibles. Pero, como muestra la historia, las crisis de los meses pasados y los próximos años deberían acelerar su ritmo.


 

Notas y referencias

[1] Commissariato Generale dell’Emigrazione. 1926. Annuario statistico della emigrazione italiana dal 1876 al 1925. Rome: Edizione del Commissariato Generale dell’Emigrazione.

[2] John Starosta Galante. 2018. “Buenos Aires and the making of italo-argentinidad, 1915–1919”. Storia e regione, 27(1).

John Galante

John Starosta Galante es especialista en América Latina, migración e historias globales. Su manuscrito, bajo contrato editorial con University of Nebraska Press, examina las experiencias de las comunidades italianas en Buenos Aires, Montevideo, y São Paulo a finales de la década de 1910, con un interés especial en las redes transnacionales transatlánticas e interamericanas en las que estas comunidades estaban ubicadas. En la actualidad es profesor asistente en el Worcester Polytechnic Institute en Massachusetts, USA.

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