Las personas que traen a los filipinos de vuelta a casa para las fiestas

JIM JIMENO  |  19 DE DICIEMBRE 2020  | ROUTED Nº13  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS

Arrival of repatriated Filipinos from China due to COVID-19. Source: Wikimedia Commons.

Más de 250.000 filipinos, sobre todo trabajadores migrantes afectados por la pandemia de COVID-19, han regresado a Filipinas desde que se organizó el primer vuelo de rescate desde Wuhan, China, en febrero. Se espera que otros 100.000 lleguen para finales de 2020. Los trabajadores en el extranjero están considerados héroes contemporáneos en Filipinas porque contribuyen a la economía y mejoran las vidas de sus familias a través de las remesas. Detrás de cada filipino que ha regresado sano y salvo a Filipinas, hay un equipo de funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores en Manila orquestando las actividades de repatriación de las 94 embajadas y consulados de Filipinas en todo el mundo. Estos héroes olvidados mantienen el tejido social del país intacto al traer a las personas a casa, un papel que es especialmente importante en las fiestas navideñas. Como los migrantes filipinos a los que sirven, las vidas personales, el trabajo y la movilidad de estos funcionarios también se han visto afectados por el COVID-19.

 

En el centro del programa de repatriación está Armand, un abogado de treinta años que asumió su papel como asistente principal en la oficina en marzo de 2020. Analiza asuntos globales y elabora recomendaciones para los decisores políticos sobre qué vuelos de rescate fletar y priorizar. Aunque su trabajo consiste en reunir familias, irónicamente él vive lejos de la suya. Su madre es enfermera en Estados Unidos, y en los últimos 18 años solo ha podido pasar dos Navidades con ella. A principios de este año había podido por fin planificar un viaje para visitar a sus padres; sin embargo, tuvo que cancelarlo a causa del COVID-19. Ahora debe pasar también la Navidad lejos de su familia porque tiene que realizar una misión de buena voluntad en Arabia Saudí y Bahréin.

 

Antes incluso del COVID-19, para muchos filipinos era complicado reunirse con sus seres queridos residentes en el extranjero; la pandemia simplemente añade otro estrato de dificultad. Esto es así especialmente para los muchos migrantes filipinos que trabajan en el sector sanitario, en la primera línea de lucha contra la pandemia. Aunque el COVID-19 forzó a muchos trabajadores a ser repatriados y regresar junto a los suyos, también obliga a muchos, como Armand, a seguir separados de sus familias. El COVID-19 creó su nuevo puesto como responsable de repatriación, lo que ha aumentado su carga de trabajo y ha hecho aún más difícil que pueda volver a casa. Sin embargo, para Armand, el precio que debe pagar por servir a su país no es nada en comparación con los problemas de los filipinos en el extranjero, que tal vez no puedan regresar a su casa en décadas.

 

El gobierno filipino repatria no solo a los vivos sino también los restos mortales de los filipinos fallecidos. Suzette, una enfermera de 41 años, llegó a la oficina en 2017 y asumió el papel de “responsable funeraria”, especializándose en el transporte de restos mortales de vuelta a Filipinas. Trabaja en la ajetreada sección de Arabia Saudí, que cuenta con la población más elevada de migrantes filipinos del mundo. Además, repatriar restos humanos desde Arabia Saudí es siempre una carrera contrarreloj, debido a la política saudí de enterrar a los muertos sin pedir el consentimiento de sus familias. Además, el cuerpo no puede ser exhumado una vez que está bajo tierra. Por tanto, Suzette tiene que trabajar jornadas de muchas horas para asegurar que las familias puedan volver a ver a sus seres queridos fallecidos y enterrarlos en su país natal, a veces tras décadas de separación. Al mismo tiempo, las restricciones a los viajes a consecuencia del COVID-19 dificultan aún más la logística y aumentan la urgencia, lo que se traduce en una mayor carga de trabajo.

 

Su empleo es importante para ella porque entiende la sensación de perder a alguien y quiere aliviar el dolor de quienes han perdido a un ser querido a través de su trabajo. Sin embargo, la exigencia del trabajo le dificulta cumplir con su papel dentro de su familia. Para pasar la Navidad con su familia en la provincia, debe “reservar” tiempo renunciando a días libres y haciendo presión para conseguir vacaciones. Por desgracia, su tiempo libre dejó de existir en el momento en que aceptó trabajar como funcionaria, y ella sabe que, debido a la cantidad de trabajo que es necesario completar, probablemente no verá a su familia este año. El COVID-19 ha obstaculizado no solo la movilidad de los vivos, sino también de los muertos, así como de las personas que trabajan para traerlos de vuelta.

 

Algunos empleados públicos se han visto afectados directamente por el COVID-19. Remy, de 53 años, mantiene una actitud positiva incluso después de dar positivo en un test de coronavirus. Para ella, el autoconfinamiento es una pausa refrescante de la socialización obligada. Sin embargo, el COVID-19 le ha privado de la capacidad de viajar, uno de los aspectos de su trabajo que considera más gratificantes, y espera con ansiedad el alta médica para viajar a Praga, donde está destinada. Aparte de interrumpir sus planes de viaje, el coronavirus amenaza su independencia económica, porque no tiene una pareja que pueda apoyarla en estos tiempos precarios. Vive sola en su apartamento y depende de la red que ha desarrollado como sistema de protección en momentos difíciles. Con la salvedad de que no verá a su sobrina en su provincia natal, Remy asegura que la pandemia no afectará a sus planes navideños. Por otro lado, está preocupada por el trabajo pendiente que dejó sin hacer en la oficina, y reconoce que la inacción puede tener consecuencias graves para los filipinos en el extranjero que necesitan ayuda. La pandemia pone contra las cuerdas hasta al personal más duro del Ministerio de Asuntos Exteriores, haciéndoles la vida y el trabajo más difíciles.

 

“El movimiento solo tiene sentido si tienes un hogar al que regresar”, en palabras del novelista Pico Iyer. El COVID-19 ha puesto la movilidad en perspectiva, llevándonos a muchos a pensar sobre lo que realmente amamos y a encontrar nuestro hogar, en especial durante las fiestas. La mayoría de los filipinos trabajan en el extranjero para sacar adelante a sus seres queridos, a la vez que se mantienen separados de ese hogar. De igual manera, estos tres funcionarios reorganizan sus vidas para servir a su país, sacrificando el tiempo con sus familias y las fiestas en el proceso. La gestión de las migraciones es ya de por sí compleja; el COVID-19 complica aún más los procedimientos burocráticos necesarios para mover a la gente por el mundo. No solo están facilitando el movimiento de las personas de un lugar a otro; también están reconstruyendo el “hogar” para una nación desolada por la crisis sanitaria. El periodo navideño es una celebración de tres elementos importantes para los filipinos: la fe, la familia y la festividad. Es una oportunidad para tomar un pedacito del hogar y convertirlo en una fuente de inspiración para superar los obstáculos de la vida, en casa o en el extranjero. Mientras los filipinos sigan migrando al extranjero en busca de una vida mejor, siempre habrá un Armand, una Suzette o una Remy que hagan su viaje de regreso posible y sus fiestas algo más especiales.

Jim Jimeno

Jim Jimeno es funcionario del Servicio Exterior en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Filipinas. En la actualidad trabaja como asistente principal en la Oficina del Subsecretario de Asuntos de Trabajadores Migrantes. Es Pacific Forum Young Leader y Global Shaper del Manila Hub. Le interesa el nexo entre migración, salud y seguridad.

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