La nueva normalidad canadiense: quedarse en casa en vacaciones. Los viajes internacionales y las dificultades en tiempos de pandemia

VERONICA ALFARO  |  19 DE DICIEMBRE 2020  | ROUTED Nº13  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS
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La desinfección de un avión al inicio de la pandemia. Fotografía de Delta News Hub en Flickr (CC BY 2.0).

Desde el comienzo de la pandemia de COVID-19 en marzo, el gobierno canadiense ha cerrado sus fronteras a todos los viajes no esenciales desde el extranjero. Como país que recibe más de 300.000 inmigrantes al año y en el que el 21,9% de la población ha nacido en el extranjero, Canadá ha experimentado tradicionalmente un alto porcentaje de desplazamientos internacionales y movilidad geográfica. Todo el mundo va y viene, desde las familias que visitan sus países de origen, hasta el flujo regular de estudiantes internacionales, trabajadores temporales extranjeros y turistas; y las fronteras de Canadá han sido una puerta giratoria global para muchos.

 

El sector turístico está entre los más golpeados por el COVID-19. Antes de que la pandemia hiciese añicos el sector, Canadá había recibido 22,1 millones de turistas internacionales en 2019, un número récord. En un país en el que la población está alrededor de los 37,8 millones, el turismo representa una proporción considerable de personas en movimiento. 2019 fue el sexto año consecutivo de crecimiento en la llegada de turistas al país.

 

La movilidad era alta en ambos sentidos: el año pasado, los viajes de canadienses al extranjero alcanzaron un nuevo máximo, con 12,3 millones de viajes de residentes en Canadá a otros países (sin incluir los realizados a Estados Unidos). Las vacaciones de diciembre han sido tradicionalmente un periodo de alta movilidad internacional. En diciembre de 2019, los residentes en Canadá regresaron de 4,8 millones de viajes al extranjero. En el mismo periodo, los viajes de los residentes en Canadá a países extranjeros aumentaron un 1,8%, hasta 1,1 millones de viajes, la cifra más alta en un mes de diciembre. Este diciembre, sin embargo, anuncia un panorama muy diferente.

 

La pandemia ha dificultado los viajes de muchas formas. Cuatro días después de que la Organización Mundial de la Salud declarase al COVID-19 una pandemia global, el 14 de marzo el Ministerio de Asuntos Exteriores canadiense apeló a sus ciudadanos en el extranjero a regresar mientras pudiesen, antes de que el gobierno cerrase las fronteras el 16 de marzo. Unos días más tarde, el 20 de marzo, incluso la frontera entre EE.UU. y Canada (que cruzaron 15 millones de turistas estadounidenses el año pasado, un 68% de todo el turismo que recibe Canadá) también se cerró.

 

Hubo muchos casos de personas que, por motivos esenciales o personales, estaban en el extranjero cuando llegó la pandemia, y se encontraron con que no podían regresar a Canadá, con el cierre de las fronteras internacionales, las cancelaciones de vuelos, los confinamientos y los toques de queda. Las negociaciones diplomáticas para repatriar a los ciudadanos se volvieron muy complejas. Por ejemplo, 400 canadienses y residentes permanentes fueron repatriados tras haber estado confinados en Wuhan en febrero. Más de 5.000 canadienses fueron rescatados de cruceros que no podían atracar en ningún puerto, y otros miles fueron traídos de vuelta desde lugares lejanos como India, Perú y Marruecos. En total, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Canadá repatrió a 62.500 canadienses desde 109 países hasta junio, fletando vuelos con dinero de los contribuyentes, antes de cerrar esta operación hercúlea en agosto.

 

Las familias con estatus migratorios complejos también quedaron separadas. Algunos matrimonios y parejas de hecho binacionales o familiares dependientes no cumplían con los requisitos para entrar a Canadá, que al principio permitía la entrada solamente a ciudadanos canadienses. Para viajar a Canadá ahora es necesario seguir un procedimiento especial de reagrupación de familiares, que establece quién tiene derecho a entrar en Canadá: los familiares más próximos de las personas con ciudadanía canadiense, incluidos los cónyuges, los hijos y los padres. Al inicio de la pandemia el gobierno de Justin Trudeau anunció una ayuda federal en forma de préstamos para repatriar a los canadienses que quedaron varados en el extranjero y que no podían pagar una extensión de su estancia allí. Meses más tarde, muy pocos ciudadanos han devuelto estos préstamos —otra carga financiera para el ya elevado gasto público relacionado con el COVID.

 

Una sensación de “nueva normalidad” se instaló durante el verano, y los viajes nacionales parecieron reanudarse en cierta medida, después del primer pico de la pandemia. Muchas personas se quedaron cerca de sus hogares en Canadá, ya que se desaconsejaron e incluso restringieron los viajes entre provincias. Los campings locales, los viajes en coche y las caravanas fueron elementos básicos este verano pasado en Canadá. Quienes se atrevieron a viajar al extranjero lo hicieron siguiendo las normas de la nueva normalidad: mascarillas, protectores faciales, test de coronavirus, incertidumbre sobre los vuelos, reglas cambiantes para los viajes internacionales, confinamientos inminentes y el empeoramiento de las condiciones de la pandemia.

 

Ahora que el año se acerca al final, algunos notan el “cansancio COVID”. Hartos de las restricciones y de la economía paralizada, muchos sueñan con unas vacaciones en las que las familias puedan volver a viajar por diversión o para reunirse de nuevo. Sin embargo, los contagios de COVID en Canadá están aumentando y son el doble que en el primer pico de la pandemia en el mes de mayo. Aun así, la gente parece tener ganas de viajar por muchos motivos. El sector turístico está aprovechándose de esta motivación para vender billetes de “vuelos que nunca despegarán”. Siguen viajando no solo los canadienses que tienen raíces y familias en el extranjero, sino también las “aves de invierno” que están decididas a pasar el invierno en climas más cálidos al sur de la frontera, a pesar de los riesgos. Las compañías de seguros confían en esta necesidad (o deseo) de los viajeros para vender una cobertura especial para el COVID, una estrategia que para algunos es irresponsable dado que las restricciones a los viajes continúan. Para otros, esto es simplemente pragmático. Frente a la inminente fiebre de viajes de fin de año, el gobierno canadiense declaró recientemente que no repatriará a nadie que, conociendo el peligro de quedarse atrapado, decidiese de todas maneras viajar al extranjero.

 

Las personas continúan moviéndose, ya que el movimiento es parte de la condición humana. Pero, ¿necesitamos realmente viajar ahora? Es complicado. ¿Sentimos que deberíamos seguir viajando? Probablemente, ya que las redes sociales, el sector turístico y la cultura del carpe diem y del miedo a perdernos algo han alentado a la gente a viajar con frecuencia. Canadá no ha prohibido la movilidad como han hecho otros países, y sin duda quedan resquicios legales. No obstante, el país depende de que las personas hagan voluntariamente lo correcto por el bien común. Muchas veces, la decisión de viajar depende en buena medida de los viajeros, que deberían sopesar cuidadosamente los riesgos, normas y realidades de 2020. Tendremos en cuenta estos desafíos frente a la tentación de los billetes baratos de avión para los viajes con los que seguimos soñando.

Veronica Alfaro

La Dra. Alfaro es profesora de Sociología del Trabajo en Columbia College, en Vancouver, Columbia Británica. Ella misma es inmigrante, y no ha viajado a su país natal en cuatro años. Todavía conserva los billetes para un vuelo que se canceló el pasado abril. Puedes contactarle en valfaro@columbiacollege.ca.

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