Sentimientos desplazados: El consumo extranjero de la identidad nacional en el referéndum por la independencia de Kurdistán

JOSEPH OWENS  |  20 FEBRERO 2021  |  ROUTED Nº14  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS POR JAVIER ORMENO
(Shaddin) Joseph Owens - Displaced Senti

Fotografía del autor.

Dos años después de que la Región de Kurdistán celebrase una ambiciosa votación para independizarse de Irak en 2017, viajé por la disputada llanura de Nínive. La fatiga se notaba en todas partes —entre los guardias fronterizos, en la arquitectura. Aún así, el rostro sutilmente sonriente de Masoud Barzani, el timonel del referéndum, se mostraba fotografiado junto a la Alaya Rengîn (la bandera de Kurdistán) en todas las oficinas, carreteras y vallas publicitarias.

 

Estas imágenes habían cautivado al público occidental en el período previo a la votación. Los medios capturaron y elevaron el fervor nacional. The New York Times elogió a Kurdistán por acoger a “casi dos millones de refugiados... Un estado kurdo independiente sería una victoria para los valores democráticos”. The Telegraph y The Guardian compartieron impresiones similares.

 

Y Barzani anticipó esta reacción.

 

En las urnas, los migrantes suelen ser o bien un chivo expiatorio, o bien un mesías. Entre el ondear de banderas y la cobertura internacional, los políticos ambiciosos y los medios de comunicación los usan como una metáfora de la identidad de una nación. Las narrativas que rodean al multiculturalismo evocan ideas cívicas de comunidad basadas en la ciudadanía y la inclusión. Sin embargo, otra retórica envenenada también puede etiquetar a los solicitantes de asilo como una amenaza para el tejido étnico, cultural o político de una sociedad.

 

En el período previo a la votación, Barzani aprovechó un sesgo profundo dentro de las ideas occidentales de nación para buscar apoyo internacional: las virtudes de la inclusión cívica y el imperativo de la identidad étnica. La descripción pública que hace Barzani de los desplazados internos (PDI), muchos de ellos integrados por minorías étnico-religiosas (incluyendo a yazidíes, shabaks, cristianos caldeo-asirios y turcomanos) expone esta inquietante dinámica.

 

Muchas de estas minorías han vivido en la periferia de los territorios reclamados por el Gobierno Regional de Kurdistán en Irak, concretamente en las gobernaciones de Nínive y Kirkuk. A lo largo de la turbulenta historia moderna de Irak, muchos se vieron atrapados físicamente entre beligerantes, obligados a emigrar o desplazados internamente a la Región del Kurdistán Iraquí.​

 

Refiriéndose a estas minorías desplazadas, Barzani proclamó noblemente que “si quieren estar en la Región de Kurdistán, si quieren tener relaciones con Bagdad, si quieren elegir otro camino, que así sea”. Ante una audiencia en el Consejo del Atlántico, Barzani continuó: “Creemos que tenemos una responsabilidad tanto humanitaria como nacional para ayudar a quienes necesitan nuestra ayuda y a quienes huyeron de la violencia”.

 

En palabras de Barzani, “este no será un estado-nación construido a partir de un grupo étnico. Se basará en el fundamento de la ciudadanía”.

 

Sin embargo, el referéndum carecería de significado sin una identidad nacional kurda ligada a él. Los artículos que proclamaban la democracia en el norte de Irak también compartieron su dolor con la historia kurda iraquí, decidiendo efectivamente que “es el momento” de la emancipación.

 

Por lo tanto, Barzani siguió las estrategias etnonacionalistas, evocando el genocidio de Anfal en sus llamados a la independencia kurda, una tragedia impregnada por la percepción de la identidad kurda. A los medios de comunicación internacionales explicó que “en 1991, fuimos a Irak y negociamos con los criminales responsables del bombardeo químico”. Contó a Al-Monitor: “¿Qué otra opción nos queda?… 2 500 de nuestras aldeas fueron destruidas; 182 000 personas murieron; 12 000 kurdos siguen desaparecidos; 8 000 miembros de mi propia familia, los Barzani, fueron asesinados; 5 000 personas murieron por ataques con gas en Halabja”.

 

Sin pretender minimizar las abominables condiciones que soportaron las poblaciones kurdas bajo el gobierno de Saddam Hussein, la retórica de Barzani ilustra un uso estratégico de la identidad kurda para obtener apoyo internacional, y nos hace preguntarnos: ¿podemos tener valores cívicos y sentimiento etnonacionalista en una comunidad nacional? Al observar cómo el Gobierno Regional de Kurdistán (GRK) ha tratado a los desplazados internos, es posible que sea necesario cambiar nuestros espejuelos rosa por gafas de cristales oscuros.

 

Después de la reestructuración (utilizando el popular eufemismo) del estado iraquí por parte de Estados Unidos y con ella la consolidación de la autonomía del GRK en 2005, los desplazados internos enfrentaron obstáculos considerables frente a un floreciente proyecto nacionalista kurdo.

 

Minority Rights Group International informó que los caldeo-asirios desplazados encontraron 58 de sus aldeas “parcial o totalmente ocupadas por kurdos”, algunas incluso engullidas por nuevos asentamientos apoyados por el GRK. Asimismo, en Kirkuk, controlado por el GRK, las poblaciones turcomanas que regresaban encontraron bloqueado gran parte de su retorno.

 

Poco después de que ISIS capturase Mosul en 2014, Barzani anunció su referéndum a la BBC. Su campaña de relaciones públicas despegó mientras se intensificaban las restricciones sobre los desplazados internos.

 

En particular, se bloqueó el movimiento desde los campos de refugiados. Los caldeo-asirios se enfrentaron a la marginación política, incapaces de protestar contra el referéndum en las ciudades de Duhok y Erbil, denunciando amenazas de la policía secreta del GRK. Esto fue posible porque las tarjetas de identificación emitidas por los iraquíes describen específicamente la afiliación étnico-religiosa de una persona.

 

El KRG expulsó pronto a ISIS de Sinjar, mientras los yazidíes también se encontraron inmovilizados indefinidamente. Quienes ahora vivían en los campos circundantes, cerca de su tierra natal, no pudieron regresar a ella. A aquellos que planeaban protestar contra las restricciones del GRK, Barzani les dijo que los Peshmerga “crearían otro vacío de seguridad, si la comunidad yazidi no se ponía del lado del [GRK]”.

 

Se alentó a los shabaks desplazados a identificarse como kurdos a cambio de seguridad. El GRK financió a los líderes de la comunidad shabak, que organizaron el apoyo dentro de los campamentos en el Kurdistán iraquí, distribuyendo banderas y pancartas kurdas para orquestar una apariencia de apoyo político al proyecto de independencia kurdo. Un activista shabak describió la precaria situación: “La gente en el campo está como la gente en prisión: cualquier orden que venga tiene que seguirla. De lo contrario, temen ser expulsados ​​o no recibir ayuda con alimentos u otros artículos. Estas personas no tienen adónde ir”.

 

Por lo tanto, cuando una comunidad política afirma que su trato a los desplazados internos (nota del autor: ¡sus conciudadanos!) está en consonancia con una identidad nacional cívica, esto no debe tomarse al pie de la letra. Sin duda, hacer que una comunidad política rinda cuentas sobre los mismos estándares que ellos mismos proclaman no debería ser descabellado.

 

Quizás el problema esté en el concepto de autodeterminación. Si bien la crítica notablemente mordaz del sociólogo Amitai Etzioni a esta idea puede parecer fría y distante (“es hora de retirar la aprobación moral de la mayoría de los movimientos y verlos por lo que son principalmente: destructivos”), nos hace cuestionar el tejido empírico de tales afirmaciones. ¿Tienen los grupos étnicos derecho a decidir su propio futuro? Definitivamente. Pero seguramente no a costa de sus vecinos.


Los medios occidentales facilitan este problema. De hecho, tendemos a olvidar que los votos y las reivindicaciones de autodeterminación también se consumen fuera de un país. Barzani alimenta a una sección de Occidente que desea ver una nación kurda. Para aquellos migrantes que son víctimas del juego del lenguaje político y nacional, su experiencia material queda con demasiada frecuencia perdida entre la retórica y los sentimientos desplazados.

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Joseph Owens

Joseph se graduó recientemente en Relaciones Internacionales por la Universidad de Queensland, especializándose en la identidad nacional y la formación de estados en Oriente Próximo. En la actualidad trabaja como asistente legal para refugiados urbanos que viven en el Norte de África y está realizando una investigación etnográfica sobre la cambiante responsabilidad del estado respecto a las personas desplazadas. Puedes contactarle en owens.a.joseph@gmail.com.

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