Desde mi ventana: Cuarentena y hambre durante la rentrée de la Universidad de Ginebra

IRENE PRAGA GUERRO  |  24 DE OCTUBRE 2020  |  ROUTED Nº12  |  TRADUCIDO DEL INGLÉS POR LA AUTORA
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Vista desde la ventana de la autora. Imagen de la autora.

Lo primero que aprendí en septiembre es que ciertos hechos están fuera de nuestro control, y que ni siquiera el Ministerio de Salud Pública suizo es capaz de evitarlos o predecirlos. Durante el segundo día de mi cuarentena en la residencia universitaria Hugo-de-Senger en Ginebra sonó la alarma antiincendios. Por aquel entonces me estaba haciendo a la idea de no ver a nadie en los siguientes diez días cuando un ruido insoportable, y mi instinto de supervivencia, me empujaron fuera de mi habitación de diez metros cuadrados. Pasé a la acción y corrí hacia afuera en chanclas, mascarilla desechable y pijama junto a todo aquel que se encontrase en el edificio en ese momento. Tres coches de bomberos y dos de policías vinieron inmediatamente a rescatarnos, si bien, como me enteré poco después, todo este caos se debió a una sartén caliente que alguien olvidó. ¡Una historia clásica! Volví a mi habitación riendo a carcajadas (y agradeciéndoselo sinceramente al cocinero novato). Mi cuarentena se había visto, involuntariamente y por razones de peso, interrumpida. 

 

El 1 de julio el Consejo Federal de Suiza impuso una cuarentena obligatoria para todo viajero procedente de un área denominada de alto riesgo de infección de la COVID-19 —lo que viene a ser una forma diplomática de cerrar las fronteras. Como estudiante de máster de Literatura Comparada en la Universidad de Ginebra, me enteré de la noticia mientras visitaba a mi familia y amigos en el norte de España. El aumento drástico del número de infectados supuso que el 8 de agosto España entrara en la lista roja con solo dos días de margen para que regresaran los turistas, lo que significaba que me esperaba un futuro no tan prometedor. 

De esta manera anuncié mi regreso para asistir a la rentrée de la universidad a las autoridades del cantón de Ginebra, y poco después recibí una carta oficial del doctor cantonal en la que se me informaba de las medidas que debía acatar. La carta, como todo documento burocrático, establecía rotundamente que cualquier intento de burlar el confinamiento sería castigado con multas de hasta 10.000 francos (9.300 €); su recepción, en consecuencia, suponía el comienzo de lo que iba a ser un periodo confinado y atemporal. Este artículo reflexiona sobre aquellos momentos insólitos e inmóviles, y mi posterior encuentro con la cruda realidad del exterior. 

 

*  *  *

 

La experiencia de cincuenta y cinco días de confinamiento desde marzo a mayo con mis familiares más cercanos en España me hizo pensar que ya lo sabía todo sobre el aislamiento. Sin embargo, como pude comprobar muy pronto, esta vez era diferente, pues estaba sola en mi residencia del año pasado, ahora desierta, silenciosa y por primera (y última vez) limpia. Lo que en su momento fue un piso internacional de once habitaciones con una animada y sabrosa cocina era ahora un gran espacio vacío en el que los recuerdos de los “good old days” chocaban con el presente insípido. Esto explicaba en gran medida por qué la universidad me había permitido aislarme en el segundo piso. 

 

La rutina pronto se desveló como un medio para sufrir y disfrutar la soledad: horneaba tartas de chocolate para mí sola; limpiaba la cocina para mi gozo; hacía algo parecido a ejercicio físico en el salón (también conocido como “entrenamientos” virtuales); quedaba de pantalla a pantalla con cerveza en mano. El aislamiento y el dolor de cabeza omnipresente e invalidante definían mi estilo de vida, al tiempo que los ecos del primer confinamiento en mi casa de España ocupaban incesantemente mi mente. Una fuerte sensación de déjà vu me acorralaba de manera obsesiva y sin remedio alguno. 

 

En el confinamiento uno experimenta el tiempo y el espacio de forma diferente: mi mundo era del tamaño de mi habitación; el reloj se transfiguró en un adorno, un resto de mi tiempo entre la comunidad. Es quizás la falta de contacto físico, la idea misma de compartir un cronotopo con otros humanos, lo que hace que la experiencia del aislamiento sea tan dura y única. Como señalan muchos de los artículos periodísticos sobre las experiencias del confinamiento, la literatura del yo domina la narrativa de la COVID-19 (e inevitablemente este ensayo sigue esas directrices). Es difícil escribir sobre “nosotros”, la bandada, cuando el pájaro está en la jaula, solo; la escritura es el reflejo de la experiencia. 

 

Durante una cuarentena las ventanas resultan imprescindibles pues representan un puente entre la jaula y el mundo de afuera. Hugo-de-Senger, mi residencia universitaria, está situada enfrente del edificio de Uni Mail, la sede principal de la Universidad de Ginebra. Luego de mi llegada la entrada de Uni Mail estaba desierta; el sol y el calor de aquellos días habían de ser disfrutados, obviamente, a orillas del Lago Lemán. La ausencia de gente aumentó el sentimiento de privación, confirmando así mi sospecha de estar perdiéndome algo que no sabía determinar. La falta de libertad de movimiento provoca claustrofobia. En mi mente, la vista a la entrada de Uni Mail, que se podía contemplar desde la ventana de mi cocina pero no tocar, establecía un paralelo con los migrantes sin visado y las imágenes idílicas e irreales de Europa; ambos, el edificio de Uni Mail y las imágenes, representan una tierra prometida que es soñada y deseada. Pues parece que solo deseamos la estrella que no podemos alcanzar. Con todo, aquellos diez días solitarios también me recordaron, una vez más y para siempre, mi posición privilegiada. ¿Qué son diez días inmóviles en el curso de una vida? Un fugaz recuerdo incómodo. 

 

240 horas después, el mundo exterior me esperaba impaciente. Apenas pude dormir la noche anterior; tras mi viaje de Robi[n]son Crusoe me trastocaba la mera idea de encontrarme con otros humanos. ¿Cómo sería el mundo de fuera? Por fin, luego de alcanzar el final de mi tormento, Uni Mail se veía muy diferente: palpable, higiénico, carente de interés. Podía sentir fuertemente la “nueva normalidad”, esa palabra complicada en boca de todos —aquí en Ginebra, y en Suiza en general, la convicción de que la epidemia pertenece a un pasado oscuro y que su control es una cuestión de responsabilidad individual. 

 

En el mundo de la llamada “nueva normalidad”, cogí un bus con amigos de la universidad —y sus pertinentes mascarillas— hacia Corsier, un pueblecito a 20 minutos del centro de Ginebra. Una vez allí caminamos bajo el sol abrasador desde Corsier hasta Hermance, el encantador enclave justo en la frontera con Francia. Por fin respiraba la libertad. Aquel día se celebraba el “joven ginebrino” en el cantón de Ginebra y la playa de Hermance estaba atestada; para mi sorpresa nadie llevaba la mascarilla. Con la urgencia de disfrutar de los últimos días de verano y el final de mi cuarentena dejé de lado mis preocupaciones previas sobre salud pública y me abandoné al disfrute de la conversación y el queso suizo. La vida parecía fácil por aquel entonces. 

 

Con todo, un incidente la semana siguiente me recordó la necesidad urgente de escribir sobre “nosotros”, la bandada, en lugar de “yo”, el solitario pajarito en la jaula. La Residencia Hugo-de-Senger ubicada en el corazón del barrio de Plainpalais, Ginebra, una de las ciudades más ricas del mundo, es vecina del Club social rive gauche. Cada mañana, a las ocho en punto, con las prisas del estómago vacío, una larga cola internacional espera enfrente de la Universidad de Ginebra para recibir una bebida caliente, un sándwich y el ticket para comer al mediodía. Por supuesto esto no es nada nuevo, pero desde el confinamiento los y las trabajadores precarios e indocumentados de Ginebra han visto su situación empeorar en gran medida. Las largas colas del hambre revelan un panorama social que, hasta entonces, era prácticamente invisible e inexistente para la gran mayoría de una ciudad conocida sobre todo por sus bancos, reuniones de la ONU y descubrimientos del CERN. En una ciudad donde el kilo de pechuga de pollo cuesta 30 CHF (28 €/kg), hacer cola para recibir comida gratis es un acto político —la consecuencia de las inaceptables desigualdades económicas. Pacífica y respetuosa, la cola de la calle Hugo-de-Senger crece cada día.

 

Era un viernes por la mañana de mediados de septiembre; yo me había despertado tarde como resultado de mi libertad recientemente recuperada y el comienzo del año académico. Estaba en mi habitación tomando el desayuno cuando de repente escuché unos ruidos terribles. Miré a través de la ventana, la misma ventana que durante mi cuarentena había servido de puente con la realidad exterior, y entonces vi a tres hombres pelear por un lugar en la cola. Cuando la abrí para llamar a la policía, la ambulancia, los vecinos, a cualquiera, ya era demasiado tarde: un hombre yacía, inconsciente, en el suelo, gravemente herido.

 

Como una de las trabajadoras sociales del Club me dijo poco después, la tensión social que ha traído consigo la crisis económica se ha disparado en las últimas semanas. Y es preciso que, ahora o nunca, se tomen las medidas sociales necesarias para combatir la exclusión y la pobreza, situar el bienestar común sobre el individuo. Subí las escaleras hacia mi cuarto y acto seguido empecé a escribir un borrador del siguiente capítulo de este ensayo, cuya primera frase empieza con “nosotros”, ciudadanos del mundo en los tiempos del coronavirus. Haciendo eco a este capítulo, dice así: “Lo primero que aprendimos…” El recuerdo del hombre herido reforzó mi convicción de escribir una narrativa común para superar este año; una narrativa del “nosotros”, la bandada, en lugar del “yo”, pajarito en la jaula, solo.

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Irene Praga Guerro

Irene es de Valladolid, España. Estudia un máster en Literatura Comparada en la Universidad de Ginebra, donde investiga las formas de reimaginar las narrativas migrantes y la biopolítica. Escritora y lectora vocacional, está especialmente interesada en el poder político de la literatura que cree que puede redefinir la llamada “crisis de refugiados” como una oportunidad política. Le encantan el café, el queso y las conversaciones largas.

Email: irene.praga@gmail.com; Facebook: https://www.facebook.com/irene.praga

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